"Porque nadie puede saber por ti.
Nadie puede crecer por ti.
Nadie puede buscar por ti.
Nadie puede hacer por ti lo que tú mismo debes hacer.
La existencia no admite representantes."
Jorge Bucay
He conocido gente por internet y hasta por aplicaciones, pero el amor de mi vida no estaba allí. Al amor de mi vida lo conocí una tarde en una plaza observando a una chica llegar.
Ella ya sabía que el amor podía hallarse en cualquier parte, lo estaba empezando a aceptar y ese día tratando de encubrir lo que le movilizaba dijo que la otra chica era molesta. Pero sin querer ese día fue determinante para que se conocieran y luego se amaran. De allí en más, cada momento fue una locura permanente, un intento de conquista, una escena de celos, una intromisión en la vida de la otra, momentos de éxtasis y amor profundo mezclados con la banalidad de intentar poseer.
En todo este proceso la chica de la que me enamoré se empezó a perder y con el tiempo nos fuimos alejando. ¡No sabes lo doloroso que fue verla destruirse por un amor que la consumía, que la arrasaba, que la intoxicaba! La observé cada vez que se iba a dormir llorando por culpa de lo que sentía y yo pensaba: "el amor no cuesta tanto". Pero a ella le costaba porque sacrificaba cada momento suyo por estar con su amor y hasta dejó de importarse. Traicionó su libertad y sus sueños por otra persona, algo que prometió no hacer nunca. Aunque allí estaba repitiendo el patrón que había mamado desde siempre.
Yo la seguí amando y esperando en silencio. Mientras rogaba para que nada más la dañara pero ahí vino el golpe. Le rompieron el alma y siguieron pateando hasta que se ahogó. Intentó dejar de vivir, de guerrear, de luchar y ahí se dejó convencer por mí que sólo yo podía sanarla. La mimé, la cuidé, le enseñé a respetarse y la amé como nadie más habría de hacerlo. Le mostré el camino de vuelta a casa, a su alma.
Y en un momento me decidí a declararle mi amor. Le pedí que se viera al espejo, que se aceptara incluso con las cicatrices que guardaba y le susurré el "sos hermosa" que tanto anhelaba. Ese día río de nuevo como hace tanto no lo hacía y sintió que el mundo le pertenecía. Tuvo de nuevo esa mirada y ese brillito en los ojos que mucho tiempo estuvo perdido. Se enamoró de la vida y todo surgió de una simple frase. Una frase que le significó aceptación, esa que nunca antes había llegado. Por fin encajaba en algo, incluso rota.
El día que le dije que la amaba a esa chica fue el día que entendí que no vamos a ningún lado si primero no podemos amarnos y aceptarnos a nosotros mismos. Porque mirarse, descubrirse y quererse en un ejercicio diario que nos enseña a echar luz sobre nuestra hermosa esencia para que los demás también puedan verla. Ojalá todos pudiéramos aprender eso sin pasar por el filo de las tinieblas.



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