El miedo es algo que todos padecemos desde que somos hombres y es un sentimiento que nos nace del espíritu comunitario de la censura. En mi caso el temerle a algo me ha marcado desde que tengo memoria.
Desde mis pequeños años de vida recuerdo haber hecho todo lo que la norma establecía, creer en lo que todos creen, seguir los pasos de mis mayores, no desobedecer nada, odiar lo diferente incluso si eso diferente fuera yo. Tuve que colorear la vida sin salirme de las líneas, siendo todo lo que convivir en sociedad te impone, pero algo era diferente en mí porque mientras más crecía el miedo a fallar menos temor le tenía a morir. Eros y tanatos. Vivir me generaba ansiedad, desagrado, dolor. Morir en cambio me daba paso a sentirme libre.

"Viví" así mucho tiempo hasta que la herida más grande que jamás imaginé se iba a hacer carne en mí me rompió el alma. Y desde las ruinas surgió la oportunidad que por años estaba esperando. Ya no era pequeña pero tampoco era adulta. Era grande pero no me daban el permiso para tomar mis decisiones sola. Era una falacia eso de la adultez. También lo era eso de seguir mis sueños. Aquellos que los postergué todo el tiempo por los "no podés", "no deberías", "no se puede pagar".

Tan grande es mi propia deuda que aún si veo a una niña comprando sus "puntas" me imagino bailando en alguna compañía internacional y presentando El lago de los cisnes, y si voy al otro extremo y observó a alguien con su stick pienso en lo que sería si hubiera dado las pruebas de hockey para estar en la selección. La guitarra en la espalda de alguien me recordará a las canciones sin melodías que tengo; y los lápices de colores, carbonillas, óleos, acuarelas, etc me traerán a la mente las veces que dije que iba a ser una gran dibujante. Sin embargo tuve que elegir el camino que se me dio fácil porque el resto de los deseos estaban truncados. El "tal vez algún día..." quedó como frase de aquellos anhelos por cumplir cuando pudiera.
La nostalgia por lo que no pudo ser y la intervención de todos los que me marcaron el camino automático para que no saliera de la senda, me volvió a romper y no me quedó otra que desconectarme. Volver al tanatos. Pero allí conocí a alguien que también necesitaba mi ayuda y no dude en extenderle mi mano. De pronto me convertí en su bote salvavidas y ella en el mío. Hasta que el destino determinó que todo se transformara.
El amor por primera vez me tocaba a la puerta y yo no sabía lidiar con ello por el temor. No me correspondía sentir lo que sentía, no podía, no debía. Entonces intenté por todos los medios arruinarlo y no lo conseguí porque ni siquiera lo que la gente dijera podía ser tan fuerte como aquello que sentíamos. Tuve que callarlo, dejar que fluyera y ser feliz hasta que el amor se acabara.
Y se acabó. No pude tirar más de la cuerda porque ya había defraudado y roto su corazón. Pedí perdón, rogué al cielo que cuidara bien de ese ser extraordinario y que se le otorgara todas las oportunidades que conmigo jamás conseguiría. Luego emprendí la retirada con el alma hecha añicos pero con la firme certeza de que esos años valieron de mucho. A mí, por ejemplo, me nació otro amor que desconocía más que el amor de pareja, el propio.
De pronto estaba entablando una nueva relación, conmigo misma y era tan sano y tan potente que me creí capaz de conquistar el mundo. Y en ese periplo casi mágico encontré otro sueño, uno más cercano a mi realidad pero que a la vez me daba la oportunidad de poder vivir todos los demás que perdí. Empecé a escribir, a ensayar una historia de amor que se ganó el corazón de mis lectores y luego vino otra. Y esas narraciones-amalgamas contaban todo desde otro lugar permitiéndome soñar, imaginar y darme todos los sí que antes no tuve.
Uno de esos sí fue el amor de pareja y así como lo soñé para una de mis historias llegó a mi vida un ángel salvador. Y aunque al principio quise correr y ocultarme porque el miedo me atontaba, me dejé ser. Entonces entendí que el amor nos va a llegar siempre cómo sea y dónde sea.

En esta nueva relación todo fue distinto y me enseñó a andar por caminos esquivos y divergentes. Hice locuras, fui todo lo que quise y lo que no también. Caminé hasta desandar mis pasos y desentrañar la maraña de pensamientos, lloré hasta reír, reí hasta llorar, me enojé, peleé, fui fuerte y débil, quise mucho más de lo que podía decir, aprendí a cuidar más de lo que ya lo hacía, celé, enseñé y aprendí mucho más, no dormí, soñé, imaginé, conocí el nerviosismo extremo y el éxtasis, toqué el cielo con las manos y sentí mucho dolor, me cerré a muchas ideas y sentimientos y me abrí a tantos otros, di besos bajo la lluvia, anduve en bicicleta, falté a clases, perdí cosas, me abstuve y también conocí el frenesí, saqué muchas fotos físicas y con la mente, amé hasta odiar, odié hasta amar de nuevo y abracé como nunca. Fui capaz de darlo todo y de volver a construirme, a conocerme aún más, a ser yo misma sin conflictos, sin miedos, sin reservas, sin máscaras.

Me dieron de regalo el amor y ya no tuve miedo porque me transformó, y sólo en aquellos ojos realmente me sentí amada en libertad.