lunes, 23 de octubre de 2017

La tarea del escritor


Me enfrento otra vez ante una hoja en blanco, tratando de escribir mi tercer novela. Digo mi tercer novela por decir un número pero a decir verdad es la primera. Es que... Es la primera vez que me presento ante personajes nuevos sin argumentos ni historias de amor que los avalen. Detrás de sí no se hilan aún recuerdos y no yacen ni fondos ni contrafondos. Están vacíos o mejor dicho están completos y es mi deber desentrañarlos como quien descubre al mundo por vez primera y da nombre a cada una de las cosas.

Leo un poco, teoría... también crítica literaria, un poco de Roland Barthes, Austin Wellek... Debo llenar mi mente y a la vez despejarla. Siento que esta vez no es llenar los espacios vacíos de los que habla Umberto Eco ni concretar los lugares de indeterminación que nombra Ingarden. Esta vez me adentro en la hermenéutica y en la semiótica tan patente en mi discurso, el discurso hegemónico en el que estoy construida... en el que todos estamos construidos. Trato de escribir una historia distinta a las demás que no sea parte de ese discurso hegemónico, aunque claro, nada puede salirse de él realmente.


Tal vez diría que construyo un "contra discurso" no lo sé. Sólo sé que no persigue con fanatismo a eso en lo que creemos todos y con eso me basta. Quiero salirme un poco de la huella, de la marca y de lo que no se habla, de lo que se esconde, de lo que se encuentra en silencio, en penumbras, ciego, moribundo. Eso que está siempre al alcance de la mano de cada uno pero a veces no lo vemos o no lo queremos ver, no lo intentamos por una razón: por el vacío que yace en esta sociedad que pretende unirnos, juntarnos, alienarnos, hacernos partículas iguales la una a la otra. Pero ¿saben? No lo somos, y esa es la tarea del escritor, despojarnos de los caparazones y de las rudimentarias voces con las que nos queremos nombrar, mostrarnos el camino, las verdades que dejamos añejar en el corazón,  liberarnos.



(3/7/17)

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