miércoles, 25 de octubre de 2017

Verdad inexcusable


Tengo un libro en mi mesa de luz hace dos meses. Cuando llegó a mí tenía muchas ganas de leerlo, ganas que se desvanecieron a los minutos de llegar a casa. Es uno que me lo prestó mi mejor amigo, que se lo regaló una amiga y prometido a otra más. Tenía su cadena de préstamos que entramaban su propia historia.

Sin embargo, "La hora del ángel" llegó a mí por una extensa charla que tuvimos acerca de las creencias. Él fue de los pocos en justificarme su falta de credo y en entender por qué yo lo necesitaba. Así como entendió la crisis de fe por la que atravesaba, porque lo veía desde afuera y no intentaba convencerme de nada...


Dicho libro me hizo una seña cuando empecé a notar más inestabilidad, más falta de compromiso, de coherencia con lo que estaba viviendo y pensando. Siempre creí que los libros llegan a tu vida por alguna razón, por una causalidad, para aclararte algo, y este no fue la excepción.

Lo abrí y enseguida empecé a colorearlo con mis papelitos señaladores (odiaba profanarlos subrayando o marcando, algo que me quedó al leer a Sarmiento en segundo grado). Quería citar mil cosas porque por momentos la voz de Anne Rice me representó...

"Tal vez cuando te educas en el catolicismo conviertes en un ritual toda tu vida. Vives en un teatro de la mente porque eres incapaz de salirte de ahí. Te quedas enganchado de por vida a un período de dos mil años porque has crecido con la conciencia de pertenecer a ese periodo.
...Yo nunca he contemplado las estrellas de la noche o las arenas de una playa sin recordar las promesas de Dios a Abraham sobre su descendencia; y sin importar lo que yo creyera o dejara de creer además de eso, Abraham era el patriarca de la tribu a la que pertenecía, sin culpa ni virtud por mi parte.
...Reí al pensar en eso mientras meditaba en la capilla (...) y luego encendí una vela a la «Nada» en que se había convertido mi vida. «Ahí va esa vela..., por mí.» Me parece que dije eso. No estoy seguro. Sé que en ese momento hablé en voz demasiado alta porque hubo personas que se dieron cuenta. Y me sorprendió, porque la gente apenas se daba cuenta nunca de mi presencia." 
La hora del ángel. - Anne Rice


La voz de su protagonista definía sin vaguedad la encrucijada a la que nos sometemos todos cuando empieza a aterrorizarnos el mundo y descreemos todas esas promesas de un Dios que nos cuida. "Yo admiro a la gente que cree" me dijo una vez este amigo y yo pensaba que iba a dejar de admirarme ahora que no creía tanto, y que también lo dejarían de hacer algunas personas que me escuchaban porque era alguien instruida y con mucha fe. Aquellos que lo creían lo habían interpretado por las ciento de veces que me vieron postrada ante el sagrario llorando. Nadie sabía que pedía creer de nuevo porque hace tiempo mi fe se había vuelto obsoleta. Fue desde el día que dejó de representarme su iglesia y sus hombres, cuando entendí su exclusión, cuando lloré porque me sentía en pecado al vivir una vida "desordenada" (o eso me hacían creer). Fue cuando temí a que Dios me castigara.

Terminé el primer capítulo y Lucky me pegó una trompada en el pecho hasta dejarme sin aire, sólo podía llorar mientras me ahogaba en las preguntas que rondaban por mi cabeza. No quise volver a abrir el libro por miedo a pensar que ciertamente Dios sí me había castigado los últimos 19 años y que si continuaba viendo a este asesino a sueldo como un igual y hacía el mismo periplo para determinar las mismas preguntas capaz mi vida terminaría por ser destruida. Mírame qué estúpida me volví. No era la primera en descreer y no sería la última. Los demás no la tenían tan difícil, ¿por qué para mí sería distinto?, me pregunté.


Pensar en ese ser supremo como mi padre o mi madre sólo se había vuelto una fachada quimérica y antropófaga. Era como decir creo en vos por si me muero mañana y me sentencias a seguir sufriendo por la eternidad; pero en verdad no podía, porque en cierto punto sentía que él como todo en mi vida me había abandonado a mi propia suerte y me había condenado a andar errante por el resto de mi supervivencia, replanteándome mi existencia a cada segundo. En ese momento deseé volver a ser la misma que anhelaba que todos encontraran​ ese algo especial que los ayudará a ser felices, como en el segundo post de este blog. Era demasiado tarde, pero era una verdad inexcusable.

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