viernes, 17 de noviembre de 2017

No tengo que pedirte permiso

No debo, no tendría, no debería pero resulta que siempre tengo que pedir permiso para ser yo misma, para pensar lo que pienso, para llorar lo que duele, para defenderme.
Si quiero contar mi historia debo adecuarla para que ningún involucrado quede como el malo, el villano, para que ninguno sea la prueba viviente del daño en mi alma, para que jamás mis ojos reflejen lo que mis cicatrices invisibles exponen. Tengo que ser cautelosa para no dejar en evidencia a nadie y mucho menos mi angustia. DEBO ser imparcial y no cargar a ninguno de cruces que no les corresponden porque todo lo que me pasa es una elección propia, como si sólo bastara de uno que lo dañen, lo lastimen o lo traicionen…
Me atan los puños para que no escriba y encadenan a mi corazón para que no clame, mi voz se corta y sólo sé de llorar mientras hago la retrospectiva correspondiente y dejo al desnudo mis inseguridades y mis miedos. Hago el mantra del mea culpa y trato de exorcizar los demonios. Arrojo a la hoguera las veces que la gente me tildó de tonta porque mis notas no alcanzaron la media para que el amor me llegara como recompensa, los abrazos rotos a los que nadie llegó, la falta de cariño de todos, la bolsa en donde se arroja la basura en la que me convirtieron, los sueños que lograron destruirme, las veces que me dijeron no vas a llegar, todo lo que me objetivizaron, lo que me maltrataron, lo que me rompieron, lo que me faltaron. Todo se irá para dejarme respirar al menos por un rato, mientras ardan y no se metamorfoseen en ave fénix.

Así logro convencer a mi entorno de que estoy sana, de que me desintoxico, de que no me estoy muriendo por dentro. Me suturo las heridas y me pinto la sonrisa. Los ojos se me pierden para no enfrentar ninguna otra mirada que adivine lo que escondo. Les miento a todos para contentarlos con sus propias mentes. Ellos se ausentan con la convicción de una tarea bien hecha. Felices ellos en su ignorancia, agónica yo en mi farsa.
La máscara no se me cae por un tiempo y en ocasiones, hasta pretendo creer mi propia mentira para no preguntarme qué ocurre. Me rehúso a contarme las heridas y a sanar las llagas, las dejo al aire y pronto se convierten en infección que se gangrena. “Debería ir al médico”, “consultar con un profesional” me digo pero termino por improvisar un remedio casero que me sustente. Es un error creer que con eso basta pero sigo haciendo de cuenta que todo está bien y que nada me duele. Sólo por las noches develo las lesiones para cerciorarme de que los estragos no ganen la pulseada aunque sé de antemano cuál será el final…
Odio ver que todos admiran a la vencedora de tantas batallas pero que nadie sea capaz de amar las cicatrices, incluso yo. Es imposible. Es la única cosa que me faltó aprender: amor propio. Ese que me permita ponerme primera y no siempre última en la lista de prioridades. Aquel que me sane antes de intentar sanar y justificar a los otros. Amor que acepte que no hay nada que cambiar, ni mejorar, que soy la mejor versión de quien PUEDO SER y que si los demás no lo comprenden es su culpa y no la mía.
 
 

No hay comentarios.:

Publicar un comentario