martes, 10 de abril de 2018

Acerca de la felicidad

Una amiga me dijo: "no esperes que todos entiendan lo que estás haciendo y los cambios que hiciste porque eso te concierne sólo a vos", y me hizo dar un giro de 180° la mirada para entender cuán difícil es comprendernos entre nosotros.

Sin más escuché ideas descabelladas sobre lo que creen de mi, por la muy poca información que dí; y es una locura pensar que a veces los cambios vienen más por sometimiento que por ganas propias. En ese caso defenestran la entrega y murmuran por debajo cuando alguien logra lo que desea. ¿Por qué? Pienso, o más bien quiero creer, que es más por falta de comunicación que por inseguridades propias y envidia.


El caso es que, sea cómo sea, siempre estarás expuesto al qué dirán de la gente, seas el mejor, el más bueno, el más puro o el peor de los individuos pisando este planeta. La gente te va a señalar, calumniar y hasta golpear por seguir tus sueños, por abrazar un deseo, por convertirte en lo que querés porque en el fondo pensamos que nosotros somos incapaces de lograrlo, que parar la pelota es para el que no tiene ideas y no, a veces nos hace mucho bien.

Por años he observado a ciento de humanos organizados perfectamente para convertirse en hormigas que corren de un lado para el otro para cumplir su labor. En muchos vi el desencanto, la infelicidad, la desesperanza, la angustia de hacer lo que no les gusta, pero en otros vi felicidad, éxtasis, amor, entrega. Incluso yo misma fui de las que creía que no podría ser feliz porque mi voz, mi vida, mis ideales no valían hasta que pegué el volantazo. 


Choqué contra una pared enorme y la recuperación fue dolorosa (figurativamente hablando). Pero... levantarme fue una tarea aún más difícil ya que ahí tuve que correrme de todos los lugares ya conocidos y replantearme absolutamente todo. 

Para ese momento tuve que aprender a mirarme a mí misma, a sostenerme la mirada para no andar por la vida con los ojos en el piso como si fuera culpable de todas las atrocidades del mundo. Después tuve que aceptar que cargaba una mochila llena de errores pero que mis aciertos valían mil veces más que todo. Además de que tuve que redescubrir el amor hacía mí misma y hacía los demás. Aprender a querer sin condenar, sin asfixiar, sin culpabilizar, sin pedir que nadie me haga feliz pues esa llave la tenía yo misma.


En este camino fui un druida y mi cueva fue mi propia alma. En el interior descubrí la sonrisa más genuina que no sacaba a relucir desde hace más de veinte años (qué triste pensarlo). Fue entonces que hallé mi propia llave, esa que dice el cuento de la felicidad escondida que, cuando fuimos creados nos la escondieron adentro porque, tontos los humanos, siempre buscamos el amor y la felicidad afuera, en el mundo, en el otro...

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