jueves, 29 de diciembre de 2016

Empezar a volar



El papel en blanco me interpela y aún no sé muy bien qué escribir, qué garabatear, qué dibujar. Sigue sonando esa maldita melodía que cobardemente dejaste un día tirada porque pensaste que me iba a atravesar como todas las balas que lanzaste el último tiempo. Para tu suerte sí me atravesó, y para la mía se convirtió en la carta de presentación para mi “nueva vida”.

Sí, “nueva vida” me suena un poco bizarro y tonto, como si uno dejará de vivir acá y vuelve a vivir allá. Vivir vivimos igual con el corazón partido o con la sonrisa como bandera. Seguimos respirando y el corazón sigue el palpito normal como si nada pasara aunque pese una tonelada de dolor o vaya ligera como una pluma. Seguimos en busca de lo mismo, algo que nos emocione profundamente y nos deje al desnudo. No estamos muy seguros de qué se trata pero sabemos que es ESO cuando nos volvemos a sentir como si tuviéramos nada más 5 años, cuando nada nos preocupaba y correteábamos de un lado al otro, cuando lo teníamos todo y nos sentíamos enteros, felices.

Por esto decir “nueva vida” me aterra. Siento como si me estuviera traicionando a mí misma y a mi historia. Traicionando a mis distintas versiones. A mis miedos, nervios, furia, locura, felicidad, amor, aprendizaje, a todo. Siento que estoy cerrándome a mí misma la puerta en la cara. Como si todo lo que construí con mucho esfuerzo y horas de dedicación empezarán a perder su importancia y su veracidad y se cayera como un castillo de naipes. No, me resigno a la idea de “volver a vivir”, no soy capaz de construirme de nuevo. Al contrario, simplemente he aprendido y experimentado algo más de esta vida. He aprendido a volar o mejor dicho he retomado las clases conmigo misma. He abierto las alas nuevamente y aunque tropiece, con el tiempo podré entregarme al viento. Volveré a reír desde adentro y fuerte sin ningún tipo de resentimiento con mi pasado, aunque eso lleve tiempo.

Últimamente he experimentado esa sensación tan fuertemente que me volví a enamorar. Empecé a viajar. Viajé tierra adentro y sin querer comencé a explorar otros cielos, otros universos y viejos amores. Un amor que siempre estuvo allí esperando por mí, para regalarme los mejores momentos que nunca nadie me dará y eso que muchas veces me negué. 

Aún me siento estúpida de haberle dicho que no a esa libertad y magia que sólo se puede experimentar a su lado. Pero para remediar al pasado me entregué por completo a esa experiencia. A sentir que floto, que brillo, que sueño y que nada me puede detener. Me retrotraigo a las risas del verano de hace década y media, cuando el mundo era desconocido pero nada me aterraba cuando estábamos juntas. Tan simple como montarla y empezar a pedalear aunque pueda caerme y rasparme las rodillas. Mi bici, mi gran amor, le hacía justicia al mundo y avanzaba para que yo admirara todo desde otra perspectiva, con el sol y el viento pegando en la sonrisa que se abría en mi cara. Ese era mi pequeño vuelo, como el de E.T., pero sin ficción.


Hoy tal vez no corro el riesgo de caerme y ando por mucho más caminos que antes. Tal vez él no estará observándome desde casa para que nada me ocurra, mientras yo ando hasta la esquina y vuelvo, pero ese hormigueo en la panza y esa felicidad al bajar a la calle es la misma. Sigo sintiendo que vuelo como Peter Pan pero sin polvo de hadas porque aprender a andar en bici y a salir a pedalear cuando el mundo me hartaba fue su mejor enseñanza. 

Tal vez, el día que todos encuentren ese algo que los haga sentir que flotan, que vuelan, que aman; que sientan realmente que han hallado el secreto de la felicidad, SU felicidad, el mundo será un poco mejor. Tal vez así dejaremos de sentir el agobio de no saber qué decir y empecemos de nuevo a sonreír, como si fuésemos niños (nuestra mejor versión), como si fuéramos de nuevo nosotros…

No hay comentarios.:

Publicar un comentario