Reír desde adentro hasta que te duela la panza y hasta que el cuerpo no te de más de cansancio. Sonreír al encontrar un aliado junto a ti. Vibrar con cada latido fuerte junto a las personas que amas en un no-tiempo. Recordar en la luna que se asoma, cuando el sol aún nos quema y el frío del tiempo no hace ademán de aparecer. Cantar en el fogón sin guitarra ni brazas pero con el corazón ardiendo.
Podría decir que es adultez pero prefiero conjugarlo como pequeños retazos del pasado que hoy se multiplican en una fiesta. Tal vez, podría ser el desprendimiento, el darse y dejarse recibir, el correrse un poco de la escena pero sin callar ni una palabra. Podría ser el bullicio, la locura del SER, de no esconderse y dejarse señalar. Puede ser el mirarse un poco adentro pero también mirar afuera.
24 y una incógnita con sabor a 365 oportunidades. 24 y la certeza de que sólo es un día más, otra vuelta al sol y que mañana será otro con su propia aflicción. 24, un número redondo que no dice nada y a la vez dice todo de mí. Tiempo que no mide ni una gota de mi complitud. Tiempo que sólo recuerda aquel sol de otoño en el que llegué.
24 y miradas, sonrisas, felicidad que se acopla a lo que ocurre dentro mío. 24 y gente que te reproduce en palabras: amiga, hermana, hija, sobrina, nieta, prima, compañera, ex-amor. 24 que cierra el círculo y le revolea un portazo a ese año atroz que se encargó de usarme como su marioneta y burlarse de mis angustias. 24, así sin más palabras o con más palabras en el tintero, que no me salen pero que gritan dentro.


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