viernes, 21 de julio de 2017

Transcurrir magenta


 “« ¿Y si no me hubieras encontrado?», le preguntaba.
«No sé, ya ves que estás aquí…»
Inexplicablemente la respuesta invalida la pregunta...” 
Julio Cortázar. - Rayuela.

                  A veces ocurren cosas a nuestro alrededor, que, por andar tan ciegos, somos incapaces de vislumbrarlas. Esa ceguera que causa nuestra terquedad, nuestra ira, nuestro no comprender hace que nos empecinemos en que algunas cosas no van a suceder, que nadie nunca nos completará, que nadie nos sanará y que debemos cuidarnos “por si acaso”. Sin embargo, la vida, tarde o temprano, nos conduce al camino "correcto" y nos enseña lo que desea de nosotros.

                  Ilusos, cobardes, inoperantes y obsoletos nos empezamos a encerrar en nuestra mente, en nuesta caparazón; aunque un atisbo de fe nos susurra todo el tiempo que “no hay mal que dure cien años, ni cuerpo que lo soporte” y por una mágica razón empezamos a abrir las compuertas, a salir de la crisálida y a arriesgarnos. Es entonces cuando lo inesperado sucede y empezás a percatarte de que allí, en el plano en el que te movías, algo estaba sucediendo. Algo que incluso internamente hace tiempo te estaba movilizando y no lo oíste.

                  De pronto te ves sentada en una clase a la que entraste sin advertir muy bien el por qué, pero sabes que en realidad estás esperando por ESE alguien. Miras al techo, jugas con la lapicera y aunque intentás prestar atención poco a poco te adentras en tus reflexiones. Entre la doxa y la episteme sonreís con la cita abierta de su sonrisa que vagabundea por tus lagunas mentales. Luego se abren paso su mirada y su voz que aún eriza tu piel. Desgranas tus pensamientos y conjeturas acerca de sus ideas, de sus frases, de su mente que te inquieta, que te paraliza, que te gusta.

                  Es increíble volver a sentir todo eso y crees que otra vez vas a perder el rumbo, cuando un futuro imaginario te alumbra la mente, como el tibio sol que rasgó el cielo en ese día gris que trascurría afuera. Y repentinamente, irrumpiendo el tumulto de razonamientos y la clase, aparece a quien esperabas, pero observas el piso para no descubrirte, porque te parece un delito la estupidez de estar allí.

                  Cronos parece haberse detenido, y en este nuevo clima gira la idea homérica del héroe que vive y sueña en sí mismo como una referencia para los hombres, marco discursivo que vuelve a traerla a ti como musa de tus cavilaciones. ¡Oh Ulises! Sentí-pensante-soñante-monologista que la desvela, que nos desvela. Aunque te desvela más mentir con que no la miras pero lo cierto es, que cuando no se percata los ojos te brillan de sólo echarle un vistazo.

                  La profesora clava su mirada en ella y dice: «la circunstancia...». Hablamos del ego y de su boca sale un “yo, yo, yo” que juega con Joyce. A diestra y siniestra reafirmándose, mientras tu ego piensa en el análisis pictórico que hace Barthes desde los simbolistas que te lleva a desentrañar las curvas de su marca personal y mítica, que se consuma en un instante magenta. Te conjugas en una teoría caduca y te prestas al juego eterno de los hermeneutas del ahora, pero todo está en tu mente, todo es subjetivo, hasta sus miradas que en una chispa se encuentran en un "anticonvencionalismo", como lo diría Woolf.




Y a fuera ya nos ha empezado a llover otra vez.
         “Siento interrumpirme de modo tan abrupto 
¿No hay ningún hombre presente? 
¿Me prometes que detrás de aquella cortina roja
no se esconde la silueta de Sir Charles Biron?
¿Me aseguráis que somos todas mujeres? 
Entonces puedo deciros: (…) No os sobresaltéis. No os ruboricéis. 
Admitamos en la intimidad de nuestra propia sociedad 
que estas cosas ocurren a veces. 
A veces las mujeres gustan de las mujeres.” 
Virginia Woolf. - Una habitación propia.

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