“« ¿Y si no me hubieras encontrado?», le preguntaba.«No sé, ya ves que estás aquí…»Inexplicablemente la respuesta invalida la pregunta...”Julio Cortázar. - Rayuela.
A veces ocurren cosas a nuestro alrededor, que, por andar tan ciegos, somos
incapaces de vislumbrarlas. Esa
ceguera que causa nuestra terquedad, nuestra ira, nuestro no comprender hace
que nos empecinemos en que algunas cosas no van a suceder, que nadie nunca nos
completará, que nadie nos sanará y que debemos cuidarnos “por si acaso”. Sin embargo, la vida, tarde o temprano, nos conduce al camino
"correcto" y nos enseña lo que desea de nosotros.
Ilusos, cobardes, inoperantes y obsoletos nos empezamos a encerrar en nuestra mente, en nuesta caparazón; aunque un
atisbo de fe nos susurra todo el tiempo que “no hay mal que dure cien años, ni
cuerpo que lo soporte” y por una mágica razón empezamos a abrir las compuertas,
a salir de la crisálida y a arriesgarnos. Es entonces cuando lo inesperado
sucede y empezás a percatarte de que allí, en el plano en el que te movías, algo
estaba sucediendo. Algo que incluso internamente hace tiempo te estaba
movilizando y no lo oíste.
De pronto te ves sentada en una clase a la que entraste sin advertir muy bien el por qué, pero sabes que en realidad estás esperando por ESE alguien. Miras al techo,
jugas con la lapicera y aunque intentás prestar atención poco a poco te
adentras en tus reflexiones. Entre la doxa y la episteme sonreís con la cita
abierta de su sonrisa que vagabundea por tus lagunas mentales. Luego se abren paso su mirada y su voz que aún eriza tu piel. Desgranas tus pensamientos y conjeturas
acerca de sus ideas, de sus frases, de su mente que te inquieta, que te
paraliza, que te gusta.
Es increíble volver a sentir todo eso y crees que otra vez
vas a perder el rumbo, cuando un futuro imaginario te alumbra la mente, como el
tibio sol que rasgó el cielo en ese día gris que trascurría afuera. Y repentinamente,
irrumpiendo el tumulto de razonamientos y la clase, aparece a quien esperabas,
pero observas el piso para no descubrirte, porque te parece un delito la estupidez
de estar allí.
Cronos parece haberse detenido, y en este nuevo clima gira la idea homérica del héroe que vive
y sueña en sí mismo como una referencia para los hombres, marco discursivo que vuelve a traerla a ti como musa de tus cavilaciones. ¡Oh Ulises! Sentí-pensante-soñante-monologista
que la desvela, que nos desvela. Aunque te desvela más mentir con que no la miras
pero lo cierto es, que cuando no se percata los ojos te brillan de sólo echarle un vistazo.
La profesora clava su mirada en ella y dice: «la
circunstancia...». Hablamos del ego y de su boca sale un “yo, yo, yo” que juega
con Joyce. A diestra y siniestra reafirmándose, mientras tu ego piensa en el análisis
pictórico que hace Barthes desde los simbolistas que te lleva a desentrañar las
curvas de su marca personal y mítica, que se consuma en un instante magenta. Te
conjugas en una teoría caduca y te prestas al juego eterno de los hermeneutas del
ahora, pero todo está en tu mente, todo es subjetivo, hasta sus miradas que en una chispa
se encuentran en un "anticonvencionalismo", como lo diría Woolf.
Y a fuera ya nos ha empezado a llover otra vez.
“Siento interrumpirme de modo tan abrupto¿No hay ningún hombre presente?¿Me prometes que detrás de aquella cortina rojano se esconde la silueta de Sir Charles Biron?¿Me aseguráis que somos todas mujeres?Entonces puedo deciros: (…) No os sobresaltéis. No os ruboricéis.Admitamos en la intimidad de nuestra propia sociedadque estas cosas ocurren a veces.A veces las mujeres gustan de las mujeres.”Virginia Woolf. - Una habitación propia.

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